septiembre 10, 2009

Detrás de lo expuesto



Estoy solo en la sala. Camino con libertad delante de todas las fotografías que conforman la exposición. El techo es alto porque, según me parece, forma parte de una iglesia antigua que se encuentra al costado. No hay apuro, le tomo especial dedicación a los detalles, dejo que me sugieran imágenes más allá de las aquí se han plasmado, y me interrogo si es la misma mirada que ha impregnado a cada uno de los autores. Y luego ocurre lo mejor, porque detrás de una lámina de madera que sostiene parte de la exposición hay una puerta, una entrada para ser más precisos, una entrada hacia algo oscuro. ¿Será que me asomo?

Antes de que existieran los cementerios en los países de América Latina se tenía la costumbre de enterrar a sus muertos en las profundidades de las iglesias, debajo de las oraciones y los invocadores susurros celestiales descansaban las almas y sus huesos. Si los muertos tenían una reconocida posición social entonces se les acondicionaba en criptas especiales, si por otra parte correspondían a lo que sería el pueblo, el populacho, se les regaba en fosas comunes, todos amontonados. ¿Será que me asomo?

Otros lugares para enterrar seres ya idos eran los hospitales. Imagino un patio lleno de lápidas. No por cierto una vista agradable para la ventana de un enfermo. ¡Me lanzo de una vez, ya acabemos con este martirio! Y las enfermeras y los doctores, al ver tu cuerpo quebrado del golpe, te daban unos empujones, una arrimada, y ahí mero caías en el hueco que ya te había sido asignado. ¿Será que me asomo?

La excitación dice que sí. Me recuerda a esos pasadizos de las catacumbas (debajo de las iglesias) que han sido bloqueados. Esas señales que te indican no avanzar, que no hay paso, que está restringido. Y uno, quizás porque era un niño, o porque pretende ser partícipe de las normas, obedece. No avanza. Y te quedas con la intriga de ¡qué habrá allí! ¿¡Qué me esconden!? Y luego ensueñas con ello, imaginas tumbas polvorientas, telarañas centenarias, libros humedecidos...

Pero ahora estaba solo. No había nadie que lo prohibiera y no pensaba perderme esta oportunidad de ir detrás de lo expuesto. Detrás de lo que ellos quieren que vea. Avanzo. Hay una luz encendida, una bombilla que está colgando, pero no ilumina lo suficiente como para alcanzar a todos los rincones del lugar. Hay algunos muebles viejos rejuntados y tuberías y escaleras inversas. No se parece en nada a un gran tesoro, ni siquiera a un mausoleo discreto, todo asoma reducirse a este espacio, no hay un más allá... es como un sótano, un agujero subterráneo... ¿necesito una pala, un pico? Más, más, más... Quizás sea demasiada impertinencia. Salgo de allí.

Voy a husmear otra cosa que me llama la atención: el libro de visitas. Leo los comentarios, paso las páginas atrás, rastreo la letra de esos espíritus, la manifestación de sus ánimos: ¿ésta es también una especie de profanación?


2 comentarios:

Yey dijo...

Estás sólo porque quieres!!!

Jejeje!

Un besote

Ely López dijo...

No hay nada que, ni por error, se le parezca a las imágenes, las historias, las expectativas que nuestra imaginación es capaz de crear. Lo verdaderamente emocionante se encuentra recluido ahí. Es cuando profanamos esos territorios con los atisbos de la realidad que una catacumba exultante de misterios no es más que una simplona bodeguilla...

Abrazos, Ely.