enero 27, 2011

Mi hermana y yo



Algo que siempre me ha llamado la atención de la relación con mi hermana es que yo siento que la quiero no porque lo sea, sino porque es una persona que hizo y hace mi vida diferente. No necesita ser parte de mi familia, yo la habría hecho parte de ella. Es de aquellas personas que uno se alegra en conocerlas. Tenerlas cerca en tu vida, porque te hace sentir especial, como un chocolate relleno de cerezas y cerezas llenas de chocolate.
Como mi viaje nos separó mucho más, nuestra comunicación reciente ha sido sobre todo por mail. A ella no le gusta hablar mucho por teléfono. Al menos no conmigo. Mi mamá es diferente, si bien cuida que no esté gastando mucho al llamarle, siempre te está comentando algo, o haciendo, interminablemente, recomendaciones de los cuidados que debo tener en mi alimentación. Mi hermana dice lo justo, me manda besos y se despide.
Pero sus mails han sido siempre ricos en contenido. No siempre son extensos, realmente casi nunca lo son, pero tienen esos detalles de los sucesos que le ocurren en un día que me hace enternecerme por su valentía, inteligencia y fuerza. Creo que eso lo trae desde muy pequeña. Recuerdo conversaciones tan resueltas y prácticas como si ella fuera una persona con todo el conocimiento de lo que se tiene que saber para tomar un paso que no sabes si te hará reír o llorar. "Es una vieja", "piensa como una persona mayor", decían, y yo no sé si se trataba exactamente de eso. No es cierto que las personas mayores tengan las condiciones, usualmente, para formular pensamientos y acciones sensatos.
Yo le digo que es mi Princesa. Ella me dice Hermanito (por mail).
Ella y yo somos diferentes. No puedo explicar puntualmente los aspectos que nos hacen así, aunque lo sé. Quizás sea que expresamos de manera distinta las cosas que sentimos. Yo soy un marica al lado suyo. Me emociono. Si ella lo hace, no lo demuestra de una manera tan exhibicionista como quizás lo hago yo. Ella es perfeccionista en sus resultados y yo soy soñador en mis proyectos. Aunque dudo de que esta característica sea sólo mía. Ella no puede perder y yo a veces me río de mi derrota.
Dos cosas similares nos ocurrieron. Ella me contó cuando salió en su escuela primaria, frente a todos sus compañeros y maestros, a recitar un poema lonco, que es un poema con modismos y regionalismos particulares de la ciudad de Arequipa, Perú. Cuando estaba en medio de la declamación, la atacó un pasaje de amnesia. No podía recordar los versos que le seguían. Se quedó, me cuenta en un mail, por un instante en silencio. Ante su desesperación (aunque no sé si ella utilizó esta palabra exactamente) hizo algo que me parece increíble. Improvisó. Se inventó lo que seguía del poema, poniendo palabras loncas, sazonando los versos con lo que le estaba ocurriendo en ese momento. No utilizó el personaje poético para plantear una farsa: ella se hizo el personaje poético en cuerpo y voz. La aclamaron al éxtasis. No lo dudo. Yo no habría podido tener su performance. No creo que podría. Y eso que estudié un curso de improvisación en la Universidad durante un semestre.
Entonces recuerdo una situación similar. Estoy yo, en secundaria, parado también, frente a mis compañeros y maestros festejando el cumpleaños del director. Soy el vocalista de un grupo de música folclórica. Desentonamos. Voz y música juntas en un desastre sonoro. Toda mi escuela riendo a carcajadas. Yo sigo cantando y no me apeno. Aplico la de vayamos a terminar de embarrar esto hasta la última nota.
No importa que sea yo un bufón y ella la Princesa. Si la tengo a mi lado, siendo ella parte de mi vida, sabiéndome junto una persona con un poder humano maravilloso, me hace feliz. Mañana cumples 15 años. Y yo recuerdo cómo te enseñaba lo de las ubicaciones de las ciudades, en los países, en el planeta, y cómo me inventaba una manera de dimensionar una verdad poco creíble cuando tienes muebles en frente, detrás una ventana, y un volcán y el cielo. Cuál países que no veo; cuál mundo redondo, si esto está plano. Pero tú me escuchabas atenta y yo creo que no lo hacía tan mal.
Y no sé si recuerdes lo de la gallina que iba a hacer un pastel y... los patos no quisieron ayudar. Te aprendiste ese cuento de memoria. Porque eras tan pequeña que no sabías leer, ni siquiera pronunciar bien las palabras, descifrabas imágenes y me relatabas en tu vocecita esa trama de la mamá gallina que tuvo que hacer sola su pastel, porque los patos flojos no la quisieron ayudar. Los patos flojos. ¡Los patos flojos! Y luego creo que ellos querían comer. Jajaja. Te tengo grabada en algún lugar relatándome esa historia. Pero claro, a mí se me viene pensar en mi pequeña y ya eres más que eso. Espero que compartas conmigo tu presente. Y lo que viene para los dos sea un futuro que nos haga reír mucho.


octubre 30, 2010

Mercado Revolución




Están estos artistas actuando en el mercado Revolución de la ciudad de Córdoba, Veracruz, metidos, acomodados, instalados, mimetizados, guarecidos en el angosto pasadillo. Me acerqué lentamente, primero sin que se dieran cuenta; cuando estuve lo suficientemente cerca, recordé una frase que había oído en un documental sobre fotógrafos de guerra: "No es tan bueno porque no estás lo suficientemente cerca". Me acerqué mucho más... Sentí que no había problemas en hacer primeros planos con mi cámara de 4 MP. Ya era parte del acto. Y la gente caminaba y pasaba como podía para no toparse de frente con nosotros, para no interrumpir la ejecución de la música y la cámara: éramos también el mercado, con la carne colgada reclamando atenciones, las frutas ordenadas por colores, los vegetales y sus anuncios de valor, el piso destruído por donde se cuela también el agua, los comentarios reposados; éramos el camino pintoresco que se busca desde todas las tierras lejanas del mundo... Ahí, al lado...


"Aquí hay mucho de todo y todo adquiere una forma exagerada, todo pretende asombrar, aplastar, sobreponerse a uno. Como si tuviéramos mala vista, mal oído, mal olfato, y si apareciera algo en forma moderada pudiera sencillamente pasar desapercibido. Si es jungla, entonces es grandiosa como la Amazonía. Si es la tierra, es gigantesca como los Andes. Si se trata de la llanura, es infinita como la pampa. Si es el río, entonces el Amazonas es el más grande del mundo. Hay todas las razas posibles y todos los matices de piel: blancos, cobrizos, negros, amarillos, mestizos, mulatos. Hay una variedad de culturas: indígena, española, lusitana, anglosajona, francesa, hindú, italiana, africana. Todas las posibles e imposibles orientaciones y partidos políticos. La riqueza sobra y la miseria también. Los gestos son patéticos y el idioma es florido, abundante de adjetivos. Bazares, mercados, puestos, vitrinas llenas y abrumadas de frutas, verduras, flores, telas, trastos, herramientas, y todo este conjunto continuamente se multiplica, surge desde abajo de la tierra, de las piedras; se multiplica en el mostrador, en las manos, en cien colores llamativos, en el contraste, en el choque, en la explosión. Uno no puede cruzar este mundo con la cabeza tranquila y con el corazón indiferente. Lo atravesamos con pena, desamparados y con la sensación de habernos perdido, con la misma sensación que nos acompaña al ver los murales de Diego Rivera y al leer la prosa de Lezama Lima. La realidad está aquí mezclada con la fantasía, la verdad con el mito, el realismo con la retórica."
Fragmento de "Las botas" de Ryszard Kapucinski, Dirección General Editorial Universidad Veracruzana; Traducción de Gustaw Kolinski y Mario Muñoz; Serie Conmemorativa Sergio Galindo.


octubre 08, 2010

Sí vi a Vargas Llosa



En Arequipa en 1990
Sí vi a Vargas Llosa*

La gente en México me abraza porque Mario Vargas Llosa es mi paisano. No sólo es peruano sino que ambos nacimos en la misma ciudad: Arequipa. Y todos mis amigos mexicanos saben de ella, porque siempre les he recalcado este asunto: y hasta no ha faltado alguna reunión en la que les he cantado el himno de Arequipa, completo. Me preguntan ¿y conoces a Mario Vargas Llosa? Hago una cara de compunción y digo que no, aunque de inmediato caigo en la cuenta: sí, sí lo vi alguna vez. Era muy niño, por eso lo había casi olvidado. Era el año de 1990 (el año en que, por cierto, Octavio Paz también ganó el Premio Nobel de Literatura) y él era candidato a la presidencia de Perú. Llegó en campaña cerca a donde yo vivía, en Arequipa. Es la imagen borrosa de un Vargas Llosa levantando las manos, porque yo estaba a una buena distancia y era un menor de nueve años. Y además porque no me interesaba tanto el asunto. No lo conocía todavía, no había leído en esa época ningún libro de él.

Luego de ese incidente -no recuerdo cuánto después- fui castigado por mis padres y enviado en las vacaciones escolares para pasar una temporada con mi abuelo, lejos de mis amigos. Para no aburrirme, y no pasarla tan mal, me llevé el único libro que tenía de él: La ciudad y los perros. Y fue la entrada a su mundo. Luego leería otros libros de él que me gustaron más, como La tía Julia y el escribidor.

Recientemente viajé a Perú, para reencontrarme con mi familia y mis amigos. Uno de los primeros encuentros que tuve allí fue con mi amigo Hanz Contreras. En una conversación que duró horas él me platicó que estaba leyendo un libro de MVLL: "El viaje a la ficción: El mundo de Juan Carlos Onetti". Me quedé fascinado por la historia de El hablador y que MVLL narra en ese libro, así que lo busqué, compré y de inmediato devoré.

Desde México sólo me puedo imaginar el orgullo y algunos festejos que deben estar realizando en mi tierra, Arequipa, y, claro, en todo Perú y también en Latinoamérica, en general. Porque no se trata de ser nacionalista, finalmente Mario Vargas Llosa es del mundo, digamos del mundo de las letras, a las que ha dedicado toda una vida, de una manera rigurosa. El año pasado escribió una crítica a un libro en el que menciona lo siguiente: "Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado..." Ése es él: un lector disciplinado. Un buen lector que felizmente también escribe. Un premio merecido. Un orgullo para -no puedo evitar decirlo- otro arequipeño que ahora lo lee desde México.

*Columna publicada en El Mundo de Córdoba el día de hoy viernes 08 de octubre de 2010
Fredy Fernando Ruiz Condori

octubre 03, 2010

Corazón que crece en la tierra


Esmeralda Morales Trujillo es la autora de "El nacimiento del escudo nacional": un texto leyenda que narra cómo es que nació una de las imágenes más nacionales y patrióticas de lo mexicano: la del águila que está devorando a la serpiente sobre el nopal. Esmeralda dispone en su texto de los siguientes elementos: el hombre, la naturaleza y la lucha entre el bien y el mal.

Nos habla de una familia, en la que una niña es obligada por una malvada bruja a conseguirle un pájaro extrañísimo, tan raro, que ya solo queda uno de su especie. Uno solo en el mundo, y con el que se consigue la vida eterna. La niña a su regreso no trae el ave. ¿Fracasa? Esto enfurece a la hechicera y toma terribles represalias contra la pequeña y su familia. Así inicia su historia. En solo este punto se advierte algo: la autora nunca dice si es que la menor de esa familia, la condenada, falla en su encomienda o no: es decir ella se va y desaparece por meses, dos años para ser exactos. Quizás no regresaba porque el pájaro ayudaría a cumplir sus fines a un personaje que la autora define como terrible y poderoso. Lograr el objetivo es darle más poder, uno ilimitado, al que ya tiene poder. La niña posiblemente cumple un papel heroico: quizás se encontró con el ave, frente a frente, pero renunció a llevarlo a la hechicera, aceptando incluso su propia muerte: la que le había sido prometida si es que no cumplía. Es de resaltar esta omisión porque en ella se advierte lo siguiente: al dejarle al lector (o oyente del relato) esta incógnita, permite que se realice la cuestión, la pregunta de qué fue lo que ocurrió: es la activación de los chicotes de la imaginación que buscan tener controlado los acantilados de lo que no se logra capturar con una explicación determinante: ¿detrás de la puerta, la sombra?, ¿encima de la lluvia, la nube?, ¿debajo de la planta, solo la tierra?

Pero todo esto es un detalle mínimo con el que quiero explicar el porqué de la calidad del relato de Esmeralda. Más todavía: si en él se intenta dimensionar un símbolo mexicano: la esencia histórica de un país. En su texto, que inicia con la historia de esta familia, y la hija condenada, luego entrarán personajes como los mexicas y los aztecas, sus dioses: en ellos sus deseos, designios y promesas. El final es la confluencia de esa imagen a la que cada mexicano le canta: pero ahora con el antecedente de los hechos simples y gloriosos que nacieron de la imaginación de Esmeralda, una niña de 12 años, y que te dicen de dónde vino el águila, cómo creció el nopal y hasta cuáles fueron las intenciones de esa serpiente antes de sucumbir ante el ave.

El relato funciona, si bien se le pueden señalar mínimos aspectos perfectibles. No se diga que a ello se debe que Esmeralda apenas sea una joven, o que no tenga recursos económicos para estudiar más, lo que ella quisiera: con el sueldo de una familia campesina en una comunidad del municipio de Fortín de las Flores, Veracruz: Palo Alto. Pero uno siempre se pregunta: qué podría hacer una niña como ella, con su talento, con una biblioteca copiosa, con una computadora moderna, con el tiempo suficiente para dedicarse a lo suyo. No se sabe.

Esmeralda quiere ser escritora. Recientemente viajó a la capital mexicana, premiada por este relato con el primer lugar nacional en el concurso "Bicentenario y Centenario de Expresión Literaria sobre los Símbolos Patrios 2010". Allí junto a otro grupo de niños de todo el país fue recibida por el presidente Felipe Calderón Hinojosa. Se entiende.

No sé, me gustaría saberlo, si quienes tomaron la decisión de elegir su relato advirtieron que en el detalle del inicio de la historia sobre la muerte de la niña se encuentra un valor interesante: el de la no concesión al poder que quiere corromper. Suponiendo que encontró el pájaro tan raro, que le vio a los ojos, y que lo más conveniente para salvarse a ella y a su familia, era llevarlo a manos de la bruja, la niña toma la decisión de no hacerlo. Claro: No se olvide que Esmeralda, la narradora, dice que esa hechicera era "muy poderosa" y "terrible": ¡cómo darle vida eterna y más poder a un personaje así! No.

El corazón de la niña muerta, al no cumplir los deseos del enfermo ser que corrompe, es llevado al desierto más lejano para ser enterrado; allí, en ese lugar, mucho tiempo después, se nos revela, crecería un nopal muy hermoso. Luego nos enteraremos que sobre ese mismo nopal, alimentado por la sangre de la niña, se posará el águila. Sólo que este detalle no se ve: la voluntad que no acepta el mal y que se opone a él hasta sus últimas consecuencias: el corazón que crece en la tierra.

Aquí el relato completo en la voz de la autora: Esmeralda Morales Trujillo:






Crédito de la foto: Ramón Hernández (El Mundo de Córdoba)

septiembre 30, 2010

Hormiga embustera



Voy a casa de mamá unos días y no dejo de abrazarla. Ella dice que estoy demasiado flaco. Me mira a los ojos: les ve un tono amarillo, sospecha que tengo anemia. Estoy tirado en el mueble de la sala. Quiere llevarme al médico porque sabe que por mi propia cuenta no lo haría. Me rehuso tajantemente. Le digo que no me siento mal, pero que pronto yo me encargaré de ir al médico por mi propia cuenta, si es que eso le preocupa. Y ya. Mamá persiste en convencerme con reclamos. No le digo nada. Le abrazo y le doy besos en las orejas.

Cuando he regresado a mi casa, siento un leve abatimiento. Una soledad arrinconada. Pero intento algo nuevo. Quiero revolucionar la convivencia conmigo mismo. Voy a cocinar. Mamá me ha enseñado unas cuantas recetas, que combinadas con mis conocimientos anteriores da una variedad modesta, pero atractiva, de platos: atún saltado con arroz, rocoto relleno con arroz, hamburguesas acompañadas de tomate y arroz, fideos preparados en mantequilla con jamón y queso y arroz, entre otros.

La cocina exige otras atenciones: hay que lavar constantemente trastes. Cada vez que comes, hay que lavarlos, no se puede evitar, al principio resulta incómodo, pero te vas acostumbrando y todo se reduce a mojarte las manos, lavavajillas -que ahora viene en frasco y con aplicador fácil- y el secado. Lo acepto.

Voy a preparar mi especialidad esta noche: atún saltado. Veo a mi alrededor con las manos mojadas: no tengo papel toalla, lo he olvidado en las compras del supermercado y me es tremendamente necesario: no solo seca mis manos a cada instante, también limpia, envuelve, saca la grasa en exceso... y ahora recogería hormigas muertas. Les odio en mi cocina y desde hace 13 días ellas huyen y yo las aplasto, les inundo con cloro sus trompas, les rocío desinfectante, las revuelco con mis dedos hasta dejarlas en diminutos guiñapos.

Pero son muy brutas. No entienden. Ni siquiera la exposición intencional de sus muertos les advierte e insisten en regresar: quieren comer. Pero eso no lo puedo asimilar, no puedo compartir la mesa con ellas, porque me producen un refunfuñante asco. Bien veo que me temen: la cercanía de mi feroz rostro enardecido por su marcha sistemática de ir y venir les hace huir despavoridamente buscando juntas, recovecos microscópicos en las rejillas de la cocina de gas y entre la mayólica y el aluminio. Una solitaria está perdida, porque todo mi poder se concentra en ella: y soy implacable: si presionarla hasta hacerla masita negra no funciona, saco el arsenal líquido. Si andan juntas tienen mayores opciones: se dispersan en todas direcciones, siempre alguna podría huir de mis acometidas asesinas. Luego aparecerá.

Tenía que ocurrir. Me corto un dedo con el cuchillo. Sangra y le echo agua. No hay papel toalla. Una hormiga. Como no tengo con qué secarme, dejo que el agua siga corriendo por la herida. Empieza a dolerme. Tengo a la vista a la hormiga. Estoy herido así que llegamos a un acuerdo: ella se irá a decirle a sus compañeras que cambien el rumbo, que por aquí no conseguirán nada que les sea atractivo. La dejo en la esquina de la ventana. De todas formas dejo caer cloro detrás de ella.

El ajo y la cebolla hasta estar dorados, entonces la pimienta y en menor medida el comino. Luego el tomate y dejar que dé un hervor con el jugo que suelta el mismo. Luego las papas que ya he frito antes y finalmente el atún. Aparte el arroz. Infaltable en mi dieta. Estoy satisfecho con el resultado. Sabe bien. No he perdido mi toque. Veo el reloj. ¡Dos horas! He demorado dos horas en cocinar. Es un tanto desalentador. No hay tiempo para preparar bebidas, así que abro una caja de jugo de piña. Como mientras veo televisión.

Al regresar a la cocina veo la fila de hormigas. Salto enfurecido. ¿Quién fue? ¿Quién me ha traicionado? Nadie dice nada. Todas se parecen tanto que me es imposible identificar a la embustera.

septiembre 21, 2010

Voy a explotar: en una canción


Advertencia: Al terminar de leer el post se debe escuchar la canción

Se abre el telón y Romántico aparece colgado en el escenario. Su maestra corre y lo sujeta de las piernas a él que está aparentemente suspendido de una cuerda. "Déjame", le grita él a ella, mientras le empuja con las piernas. Cortan las cuerdas y Romántico cae al suelo: fin de la performance. Toda la escuela en silencio, sólo una persona, una joven, comprende su arte y se anima a aplaudir. Esta es una escena de la película "Voy a explotar" del director mexicano Gerardo Naranjo y producida por Diego Luna y Gael García Bernal.

La película más que una historia de amor, se me antoja una historia de huida de la realidad por parte de un par de jóvenes que rechazan la estupidez adulta. La sinopsis y las reseñas la nombran como tal: historia de amor adolescente. No, yo no la veo así.
Maru y Román -que es llamado "Romántico" por Maru- planean su desaparición. Y mientras sus padres los están buscando ellos encuentran un lugar inverosímil, un techo de casa, su propio paraíso, su playa pero sin gente que esté jodiendo, donde a ninguna mente adulta, sea de familiar, policía o de investigador, se le ha ocurrido buscar.

¿Si tuvieras un botón que de una mandara todo a la chingada, todo, que todo desapareciera, lo apretarías?, le pregunta Román a Maru. Ella duda y finalmente dice que cree que no lo haría. Yo sí, le encara Román. ¿Si me hubieras conocido antes, serías normal, no crees?, le pregunta Maru a Román en otra parte de la cinta en un diálogo que busca las explicaciones de la no adaptación con la realidad y las normas que la rigen en la sociedad que les ha tocado vivir.

La opción es el escape: hacerse su espacio, donde nadie dice qué hacer, donde se antoja dormir, comer y pasarla bien, el relajo, el webeo, la nada a colores, esa apreciación de una vida simple y complaciente, que no exige sino que incita, se impone. ¿Y todos los sueños tienen que acabar?

Porque a Maru y Román se les ocurre irse a un 15 años, porque se emborrachan allí, porque de cuando en cuando bajan al mundo adulto para agenciarse unas botellas de licor -que necesitará limón, que generará la sangre que los delatará- porque las exigencias de una construcción más cuidadosa de un mundo que dependa en lo mínimo de lo adulto, no es la opción... Al final, al último, qué pedo, no importan las consecuencias. Eso no se mide.

Reconozco algo particular, que me ha hecho pensar una y otra vez en esta película. Se trata de una canción que fue incluida: "Fotonovela" de Iván, un cantante español de los años 80. Nunca le había tomado atención a esta canción, si bien la había oído algunas veces. Pero cuando sonó en el estéreo personal de Román con doble par de audífonos -para que no jodas, Maru- me sentí subyugado por su tonada: contribuye, sin duda, ese paso de la música de volumen bajo a uno alto, porque la escuchamos, en primera instancia, de sonido ambiental; pero cuando ella se pone el audífono pasa a todo volumen, como si alguien la hubiera puesto también directo a nuestros oídos. Es la invitación perfecta para ser parte de algo sin remedio. Buen recurso cinematográfico que ayuda a meterse en el mundo íntimo de Román y Maru.

He buscado esa canción en internet. La he encontrado, y como otras obsesiones que me suelen acometer -extrañamente- no he dejado de oírla durante todo el día y todos estos días. Este hecho ha contribuido a que le ponga atención a la letra de la canción: que me parece divina: no dice mucho: un par de ideas y ya. ¡Pero qué ideas! Como mi opinión de "Voy a explotar" es tan personal, tengo que decir que lo que más me gusta de ella es esta canción. Sí: adoro esta canción y no me había dado cuenta. Se los debo, muchachos.

Por cierto: la letra de "Fotonovela" es en cierta forma la película misma. Se podría decir que un buen resumen. Lo cual hace de mi preferencia por este, quizás, mínimo detalle, el gusto por el cosmos de lo planteado finalmente por Naranjo. Por ejemplo: que tal esto que dice: "Nuestra vida como una dulce mentira. Cuentos tiernos, inventos que inventas tú".

TU PARA MÍ ERES LA ESTRELLA, UN CORAZÓN A TODO COLOR


septiembre 02, 2010

Vanesa y Lola



Lima es una capital pegada al mar con una diversidad efervescente. Una gran ciudad está llena de lugares para divertirse. Los jóvenes caminan por las calles iluminadas buscando el lugar donde quedarse a pasar la noche. La oferta los lleva de una estancia de luces, sonido y trago a otra, atrapados por la tonada favorita, la de moda, la imprescindible, la que los hace viajar, sobre el cielo de Lima, gris, donde ellos quieren ponerse a bailar. El camino sigue por un vaso con hielo, por alguien que hizo una llamada para decir que se ha movido y que la nueva ubicación no es Barranco, que ahora se encuentra en Lola Bar en Miraflores, uno de sus distritos más famosos.

Allí vamos en un taxi amarillo. No reconozco el camino. Lola es una disco gay. Me dicen si no tengo problemas en ir a un lugar así. Claro que no: vamos. Ninguna especial expectativa, en el trayecto no he hecho más que pensar en si Vanesa venía también al mismo lugar donde todos se han movido. Había hablado unos minutos con ella en la anterior disco de Barranco: me había aniquilado el acariciar de su perfume, y cómo se me iba metiendo por las narices y los ojos. Pegada a mí, para poder captar sus palabras había descubierto también una manera particular de hablar de las limeñas que me fascinaba.

Ella era bisexual. Sí había llegado a Lola, que para mi sorpresa resultó ser un lugar muy en ambiente: repleto de gente, pero gente agradable, que baila a cien, que salta, que bebe respetando al que está al costado. No parecía que hubiera campo para el grupo, pero subimos al segundo piso y nos pegamos a una baranda. Allí bailamos. Como la música estaba tan buena, no me importó sacar a bailar a una de las amigas de Vanesa, que estaba al otro extremo. Cuando mi acompañante se fue, jalé a Vanesa a bailar conmigo. Pude tocar su cintura pequeña. Era muy delgada y eso elevaba mi complacencia. Pero lo que me tenía subyugado más que su delgado cuerpo era su aroma. Mi debilidad. Una combinación letal de finezas medidas delicadamente. Toda Vanesa entraba en un solo brazo. Lola era el punto.

Vanesa me había preguntado si olvidaría su nombre. No. Tampoco se me ha quitado su perfume: del cual nunca quise enterarme, no importaba, de nada valdría saberlo, porque en nadie más le iba a quedar como a ella, que olía como esa noche de Lima, como Lola, como cuando te tomas un vaso de licor y te queda un pequeño trozo de hielo que muerdes entre los dientes y luego expiras ese último sabor, y crees que todo va bien en el mundo donde estás en ese momento parado, porque la música no deja de tin pum tin pum… : un mojito, por favor.
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