Minutos antes había evaluado si es que llovería o no. Me quedé perdido en un cuadro. Y le pregunté a ella qué era lo que veía ahí. No sé qué es, debe ser como algo abstracto, me dijo. Luego caminamos un buen tramo y nos despedimos. Un gran abismo, eso me había parecido. La noche debería quedar así, pero cuando estaba llegando a la próxima esquina vi al hombre de una moto volar.
Apuré el paso. Un instinto de solidaridad. Otras personas que lo vieron también se apresuraron a alcanzarlo donde había quedado tirado. Una pierna estirada, la otra media doblada. No se movía. Había visto que cuando él cruzó el semáforo lo hizo en verde, quien le pegó se había pasado el alto. ¿Cuál es la placa del coche? No era auto, se trataba de otra moto. Vi entonces las dos motocicletas tiradas, y al otro hombre intentar ponerse en pie. Me concentré en el que tenía frente a mí.
¿Respira? No traía casco de seguridad. Ya le salía una línea gruesa de sangre detrás de la nuca. Una mujer le decía: "Pide a Dios por tu vida". "Habla con Dios". "Pídele por tu vida". Alguien llamó a los de la Cruz Roja. Tenían su central a unas cuadras, así que no debían demorar. Más personas se acercaban. Los coches y buses que esperaban cruzar la calle se habían detenido sin poder avanzar, el hombre estaba desparramado en medio. Voltearon a su izquierda, como se lo indicaba un oficial de tránsito que también había ya llegado.
¿Cómo te llamas? No respondía. Era un hombre gordo, de vestimenta sencilla, unos 36 años. "Sí respira, trae algodón con algo de alcohol", le dijo alguien a otro. La señora que lo había encomendado a Dios, ahora le hacía la señal de la cruz sobre el pecho, como si ya estuviera muerto. Cada vez había más gente alrededor. Algunas sólo miraban desde lejos. Conversaban a media voz entre ellos. Incluso percibí algunas sonrisas entre chavos, algún chiste idiota seguramente. Le pasaron el algodón por la nariz.
La Cruz Roja llegó. Le levantaron la cabeza, la aseguraron en una especie de collarín. Lo subieron a una camilla. "Amigo, ¿cómo te llamas?", le preguntó el joven paramédico. No respondía. Abrió los ojos. Cuando le estaban sujetando con la correas para que esté inmóvil, intentó pararse. No te muevas, le dijeron en más de una ocasión. Ayudé a que lo pudieran subir a otra camilla con ruedas. Sujeté su costado izquierdo. Le toqué la mano. Estaba caliente: "Te vas a poner bien". Lo metieron a la ambulancia. Igual que al otro herido que se pasó la luz roja. Los dos iban juntos.
Olía a gasolina. Ya no tenía nada más que hacer ahí.
Apuré el paso. Un instinto de solidaridad. Otras personas que lo vieron también se apresuraron a alcanzarlo donde había quedado tirado. Una pierna estirada, la otra media doblada. No se movía. Había visto que cuando él cruzó el semáforo lo hizo en verde, quien le pegó se había pasado el alto. ¿Cuál es la placa del coche? No era auto, se trataba de otra moto. Vi entonces las dos motocicletas tiradas, y al otro hombre intentar ponerse en pie. Me concentré en el que tenía frente a mí.
¿Respira? No traía casco de seguridad. Ya le salía una línea gruesa de sangre detrás de la nuca. Una mujer le decía: "Pide a Dios por tu vida". "Habla con Dios". "Pídele por tu vida". Alguien llamó a los de la Cruz Roja. Tenían su central a unas cuadras, así que no debían demorar. Más personas se acercaban. Los coches y buses que esperaban cruzar la calle se habían detenido sin poder avanzar, el hombre estaba desparramado en medio. Voltearon a su izquierda, como se lo indicaba un oficial de tránsito que también había ya llegado.
¿Cómo te llamas? No respondía. Era un hombre gordo, de vestimenta sencilla, unos 36 años. "Sí respira, trae algodón con algo de alcohol", le dijo alguien a otro. La señora que lo había encomendado a Dios, ahora le hacía la señal de la cruz sobre el pecho, como si ya estuviera muerto. Cada vez había más gente alrededor. Algunas sólo miraban desde lejos. Conversaban a media voz entre ellos. Incluso percibí algunas sonrisas entre chavos, algún chiste idiota seguramente. Le pasaron el algodón por la nariz.
La Cruz Roja llegó. Le levantaron la cabeza, la aseguraron en una especie de collarín. Lo subieron a una camilla. "Amigo, ¿cómo te llamas?", le preguntó el joven paramédico. No respondía. Abrió los ojos. Cuando le estaban sujetando con la correas para que esté inmóvil, intentó pararse. No te muevas, le dijeron en más de una ocasión. Ayudé a que lo pudieran subir a otra camilla con ruedas. Sujeté su costado izquierdo. Le toqué la mano. Estaba caliente: "Te vas a poner bien". Lo metieron a la ambulancia. Igual que al otro herido que se pasó la luz roja. Los dos iban juntos.
Olía a gasolina. Ya no tenía nada más que hacer ahí.




