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marzo 02, 2010

Vive en la calle y allí se quiere quedar

Es una persona libre. No se preocupa por bañarse ni peinarse en la mañana. No lava su ropa nunca. No se la cambia nunca. No le debe a nadie. La gente piensa que él está loco. Algunos le han puesto el sobrenombre de "Einstein", por el cabello cano, alborotado y su aspecto completamente desaliñado. Pero la gente ignora que él puede mantener una conversación inteligente. Y, a lo contrario de loco, su manera de vivir no es inadecuada, sino simplemente diferente.
¿No le importaría salir en el diario?: "No, mientras no salga yo en la parte de policiaca o en cosas negativas".
Su nombre es Cástulo Colorado Zacahuila. Tiene 77 años. Vive en la calle desde hace 30 años. Alguna vez tuvo familia. Dice que su padre era sacristán de la Iglesia. Pero un día murió por una embolia cerebral. Otro día murió su mamá. Desde que eso ocurrió empezó a vivir en la calle. Ya lleva 30 años allí. Es una extensión humana del concreto duro de la ciudad.
¿Estos días que el frío ha sido cruel, no la ha pasado mal?: "Me dieron una cobija gruesa y tengo ésta más ligera". Cuenta que varias personas se han acercado para querer ayudarlo, pero él no está acostumbrado a vivir encerrado. Para comer tiene que caminar.
¿Tiene amigos? "No". ¿Usted quiere a alguien? "No. Si entre familias, que yo leo en el periódico, hay distanciamientos, hay pleitos... yo esas cosas no quiero".
¿Alguna vez amó a alguien?: "Para hacer amistad con otra persona hay que saber que uno entra en acción con esa persona. No sabes si anda en malos pasos, o si esa persona tiene otras cosas pendientes. No sabe uno qué costumbres tiene otra persona. No, mejor uno solo".
¿Qué tipo de sueños tiene usted?: "Nosotros no soñamos nada". ¿Hay algo que quiera hacer en la vida, quizás viajar?: "No. Porque yo soy de Córdoba. No he caminado en otros lugares. Y tengo muchos conocidos aquí. Hasta para comer. Me dan de comer. Como me conocen, no desconfían de mí".
La otra mañana tuvo una caía en la calle. Dice que de pronto tuvo un mareo. Fue atendido por personal de la Cruz Roja. Cuando le curaron sus heridas en la frente, lo dejaron irse. Rumbo a la calle. Es una persona tranquila. Aunque si alguien se mete con él, tiene que defenderse. Personas agradables y generosas como Pascual Esquivel se han acercado para conocer su situación y ver en qué lo pueden ayudar.
¿Pero si le dieran comida en un lugar y lo atenderían a usted, lo cuidaran, lo aceptaría?: "Creo yo que causaría mucha molestia. Ya me acostumbré a vivir así, 30 años: Es como la canción de Javier Solis: "quiero morirme solo, sin molestar a nadie".


Todos los días leía el diario, un día salió en el diario





agosto 01, 2009

Extinciones humanas


¿Qué mirada de desconcierto habrá puesto el hombre de Neandertal cuando por primera vez vio al hombre de Cro-magnon (antecesor directo de nosotros), una especie diferente a él?
¿Y luego qué habrá sentido, cómo se habrán conmocionado esas enormes fosas nasales, al oler a todos los suyos extinguirse, avasallados por quién poseía una forma más sofisticada de pensamiento y una tecnología superior, hace más 30 mil años atrás?

Tecnología y extinción.

No podría sorprendernos ahora una especie diferente a la nuestra. ¿O sí? Aquí en la Tierra, al menos, parecemos los amos y expeditos para transformarlo todo y destruirlo como nos plazca. No nos vamos a levantar mañana con la angustia de enfrentarnos a un similar. Nuestros iguales son suficiente enemigo, y a eso parecemos estar persistentemente abocados.

Camino por una avenida de la ciudad de Córdoba, antes de que la lluvia desatada lo inunde todo. Y me encuentro con este señor que está montado sobre un aparato extraño, algo que no se ve con facilidad todos los días. Es una suerte de bicicleta partida por la mitad. La llanta da vueltas pero el hombre no avanza. Sale chispas, como si algo estuviera fallando en la máquina, y él sólo le soba con un cuchillo por la parte superior, como diciendo "mira, que si no avanzas te voy a dar con esto".

Me detengo.

-Le voy a tomar una fotografía...-, le digo mientras busco en mi maleta mi propia herramienta para conseguirlo.
-Sí, sí-, acepta él sin dejar de trabajar. Cuando ya he tomado algunas vistas, me señala que ahora me baje de la banqueta y lo haga desde esa nueva posición. Doy un salto.

Semanas antes había buscado a este personaje para un reportaje sobre oficios en extinción. En la ciudad de Tehuacán encontré a Jaime Hernandez, que cumple con el trabajo de afilar cuchillos y tijeras, pero desde su taller donde además elabora piezas para mecánica y tornería, algo diferente del hombre que, antaño, iba empujando la rueda haciendo sonar un silbato.

-Por cierto, ¿tiene el silbato?

Busca en el bolsillo de su camisa y extrae un aparato de plástico que tiene unos siete agujeros que van a dar a pequeños tubos de distintos tamaños, uno más grande que el siguiente.

-Sabe, lo estaba buscando hace unas semanas. Ya no hay muchos afiladores como usted, ¿verdad?
-¿Cómo no? Aquí estoy yo...
-Sí, aquí está usted, pero ya no se los ve por las calles. Es muy raro...
-No. Sí hay...

Y sí, tiene razón: los hay. Ahí está él.