Estábamos leyendo un texto que ella había escrito para poder entenderlo cuando un ave negra saltó del techo de la casa bajo la cual estábamos sentados, sobre el tronco viejo, y se estrelló en el suelo. Fue un suicidio limpio. A ella no pareció sorprenderle mucho y continuó repasando las frases que había colocado sobre el papel, renegando con ella misma porque no estaba segura de lo que quería decir o si cómo lo decía era lo que tendría necesariamente y por corrección decir. ¡Se mató!, gritaba yo, exaltadísimo. Pero ella no me escuchaba.