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octubre 29, 2012

Miguel Capistrán: el homenaje de su ciudad



Miguel Capistrán Lagunes la tarde antes de su deceso escribió parte de su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua. En los últimos párrafos habló de uno de sus más grandes amores: Córdoba, la ciudad donde nació en 1939.
Esta ciudad es una de las más importantes del Estado de Veracruz, ubicada al sureste de México: lugar de donde también salieron otras figuras de trascendencia literaria como el poeta Jorge Cuesta, el dramaturgo Emilio Carballido o el prolífico y universal Sergio Pitol, quien aun vive en la ciudad de Xalapa, capital veracruzana.
La noche del viernes 26 de octubre de 2012 Córdoba abrió las puertas de su teatro más importante, el Pedro Díaz, para realizarle un homenaje póstumo a Miguel Capistrán: estaban presentes sus hermanas, Julia y Paquita, quienes estuvieron con él hasta sus últimos días y narraron de manera sentida los apegos amorosos más íntimos del importante investigador mexicano.
"Gracias por las muestras de afecto. A pesar de la tristeza que nos embarga nos llena de satisfacción no sólo el reconocimiento intelectual sino la calidez de esa amistad", empezó a decir Julia Capistrán. Fue un discurso emocionado, con la pausa justa en cada palabra que recordó al Miguel niño, al inolvidable soñador y luchador de las causas justas.
"Agradezco a las personas aquí presentes, que comparten con Miguel seguramente, lo que fue uno de sus grandes amores: Córdoba", continuó.
Se recordó que el intelectual luchó por la conservación de edificios históricos en su ciudad, como El Portal La Gloria. "Creo que Miguel no existiría sin el Centro Histórico, pero creo también que el Centro Histórico de Córdoba no existiría sin Miguel", señaló la hermana.
También participaron con discursos Carmen Galindo Ledesma, de la UNAM; Tayde Acosta, quien fue asistente de Capistrán; y Guillermo Landa, literato y amigo del escritor.
Todos ellos hablaron de la obra de Capistrán Lagunes, fundamental para la cultura de México, como su estudio de Los Contemporáneos, a quienes hoy no se podría conocer sin la intervención del cordobés. Además, su sapiencia para guiar en el conocimiento a muchos otros estudiosos, intelectuales, siempre de manera desinteresada, con la convicción de que la cultura no tiene precio.
Promotor cultural destacable. Responsable de que el escritor argentino Jorge Luis Borges, llegara a México; o de la restauración de la Capilla Alfonsina, donde se conserva la biblioteca de Alfonso Reyes; lugar donde se le hizo un homenaje, a pocos días de su muerte; lo mismo que en la UNAM, la semana pasada a este reunión en la Ciudad de los Treinta Caballeros.
Julia Capistrán todavía pondría luces sobre otra preocupación del ilustre cordobés: los niños ya no leen historias de hadas, los niños ya no leen. Además Miguel quería conservar lo que nos ha dado la naturaleza en México, pero particularmente en su ciudad, pues una faceta poco conocida del intelectual era la de defensor del medio ambiente.
"Uno de los sueños inconclusos de Miguel es que se impida que el cemento y las máquinas sigan destruyendo lo que la naturaleza nos ha dado. Espero que esto se detenga para que no acabe con lo que nos hace ser lo que somos", enfatizó Julia Capistrán.
Aplausos efusivos de los presentes. Gran noche que no fue opacada un segundo por la discreta asistencia: el teatro lucía a un 40 por ciento de su capacidad. El afecto y la grandeza que rodea a Miguel Capistrán, evocada en los testimonios, llenaron ampliamente los corazones presentes en su tierra.  

El teléfono de Capistrán
La editora de la portada tocó mi hombro para que le pusiera atención. Dejé de escribir y me di vuelta. "Parece que Miguel Capistrán ha muerto. Lo están anunciando en Twitter. Veríficalo", me soltó pausadamente.
Ella sabía que conocía bien a Capistrán pues ya había publicado algunos reportajes sobre él. No quise ir hasta la recepción del diario para buscar otro teléfono, levanté de inmediato mi celular y marqué el número de México que tenía en mis contactos. Nadie respondió. Sólo la grabadora con la voz de él diciendo que en ese momento "no estaba".
...
La noche de su homenaje en la ciudad de Capistrán pude conocer a sus hermanas. Me acerqué a Julia y Paquita. Me presenté e hice la advertencia de que yo era una de esas personas que llamaban al escritor para entrevistarlo, para tener datos certeros de la historia, la cultura y la literatura.
Esto porque Julia había contado, cariñosamente, que tenían un conflicto en la casa, pues Miguel se pasaba horas hablando por teléfono, guiando a alguien, dando información a raudales, conversando, compartiendo sus conocimientos generosamente. "Te vamos a poner una secretaria y te vamos a cobrar", le bromeaban al escritor. "Sí, te conozco, yo respondía el teléfono cuando llamabas", me comentó Paquita. Platicamos brevemente, intercambiamos contactos y me retiré.
Afuera del teatro llovía. La gente, en la antesala, esperaba por sus coches para retirarse. Un hombre tenía en sus manos la imagen de Miguel Capistrán, que estuvo todo el tiempo mirando a los presentes. Le pedí que me la prestara y llamé al fotógrafo para que me tomara unas fotos.
Cuando salió también Paquita junto a Julia, vi que esta última tenía en sus manos unos papeles. Se me ocurrió que podía pedirle que me los regalara, pues intuía que se trataba de su discurso. Grande fue mi sorpresa cuando me dijo "pero yo no leí nada. Lo dije así, de lo que me salió..."
Me disculpé por mi torpeza. Le dije, para justificarme, que la última vez que vi a Miguel Capistrán, en Córdoba el 24 de agosto de este año (lo había visto una primera vez en México), le pedí su discurso, y éste me había dicho que ya no lo tenía, pues ya era de alguien que se lo pidió primero.
Mis últimas palabras con Miguel Capistrán fueron a través del teléfono de hotel, donde él estaba hospedado en Córdoba; y luego lo vería una vez más de lejos, sentado en una mesa, compartiendo con otros sus conocimientos en el restaurante del mismo hotel. Me fui con el dolor egotista y el ego herido de no ser yo quien conversaba con Capistrán; un sentimiento tan distinto de este intelectual poderosamente generoso.

Foto: Rafael Calvario, El Mundo de Córdoba

enero 31, 2009

Sueño canino



Empecé a dormir junto al mar de Veracruz para olvidarme del dolor. Tenía un lindo sueño que incluía cientos de huesos tibios y jugosos. Hasta que un idiota con cámara fotográfica decidió que me veía simpático. Levanté mi oreja izquierda con cierta amenaza y olí sus pasos irse. ¿Por qué grrrr lo habrá hecho? Otra vez me duele la pata.


junio 28, 2008

Apatía en el Golfo

Yo sé que quieres cambiar el mundo, me dicen. Salgo a la calle ajustando mi mochila a mi torso ahora delgado por la falta de comida. Sé que pronto comeré así que mi cuerpo se calma y anda conmigo. Llego al paradero o parada de camiones como le llaman en este país y me doy cuenta de lo pequeña que es. Yo no puedo entrar en esto si estirara todo mi cuerpo y no agachara la cabeza. No necesito intentar encontrarme con el metal, a cierta distancia sé que estoy en lo cierto. ¿Qué comeré hoy?
Ahora vivo en Córdoba, una ciudad en el estado de Veracruz. Ayer por la tarde convocaron a una marcha por la seguridad ciudadana, esto a raíz del asesinato de Karina Reyes, una joven estudiante de la Universidad del Golfo de México. Secuestrada y luego muerta. Esperaba si no ver a parte de la población, al menos a muchos estudiantes de esa casa de estudios. No fue casi nadie. Pude contar 47 personas que empezaron la marcha y 46 que la terminaron.
Alguna prensa, la mayoría, los esperan en la Plaza, muy cómodos para tener una foto y hacer preguntas desubicadas. Un discurso breve, unas palmas y se acabó. Todos a casa. ¿Dónde estaban los estudiantes de la Universidad? ¿Muertos de miedo en sus clases o rascándose una oreja frente a la televisión hogareña? Los pocos, los valientes, los verdaderos ciudadanos estaban furiosos ante la apatía de la población. No reproduzco sus opiniones pues no me siento de lo mejor hablando mal de una tierra que -en lo poco que llevo aquí- me ha dado sólo satisfacciones personales.
Y hoy tenía que hablar. Denunciar. Pues el verbo si casi estéril casi nada sólo en mí. Comí pollo a la naranja con tortillas y arroz blanco. Vine a escribir.